Un blog de escritura (y la foto ocasional)

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Mariana Pérez

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Mi abuelo me cuenta las mismas historias cada vez que lo veo. Memorizarlas se ha vuelto, en cierta forma, mi manera de escucharlas con más atención. Ahora que me sé a la perfección los protagonistas y los sucesos de cada una, puedo concentrarme en los detalles: sus fluctuaciones narrativas, la manera en la que sus reflexiones personales cambian con los años y las confusiones ocasionales entre una anécdota y la otra. Incluso a veces, la historia, como una canción escuchada por años, se convierte en un sonido de fondo, y mis ojos siguen de cerca el casi imperceptible movimiento de sus pies, o el lento peinar de su bigote mientras intenta recordar los entresijos de sus relatos.

Recién salido de la primaria, mi abuelo, como casi todos los jóvenes de Guanajuato rural, aspiraba a migrar hacia Estados Unidos. Para su mala fortuna, y según su recuento poco fiable, fue rechazado por su discreta estatura. Lo más probable, sin embargo, es que haya sido rechazado por su edad, la cual limitaba su capacidad de trabajar largas y exhaustivas jornadas. De vez en cuando, me comenta lo mucho que le hubiera gustado irse, pero siempre concluye diciendo: “Pero pues qué se le hace. Así es la vida, caray. Las cosas salieron bien, gracias a Dios”.

Pedro Pérez, mi tatarabuelo, se dedicaba al trabajo del cuero. Según mi abuelo, Pedro era el mejor talabartero de su pueblo, Romita, haciendo desde bridas para caballos hasta fustas para los burros de carga. Sin embargo, su padre poco disfrutaba de su profesión, la cual lo confinaba a las paredes de su casa. Mi tatarabuelo gozaba estar al aire libre, caminar entre los campos recogiendo la cosecha o paseando a los animales. Desgraciadamente, el trabajo de campo no pagaba lo suficiente para mantener a mi abuelo y sus tres hermanos, dos hijos más y dos esposas. Mi abuelo a menudo bromea que el gusto de Pedro por estar al aire libre no era necesariamente debido a su amor a la naturaleza, sino por sus impulsos mujeriegos.

A los trece años, debido a una deuda de su hermano mayor, tuvo que migrar a la Ciudad de México (en ese entonces el Distrito Federal) desde Guanajuato. Su hermano, Luz Pérez, un joven con una gran afinidad hacia las mujeres, se vio involucrado con una señora influyente en el pueblo, quien, después de prestarle diez mil pesos, fue abandonada por él, y una madrugada, en un momento de enojo extremo, balaceó la casa de mis tatarabuelos. Por temor a futuras represalias, mi abuelo decidió ir en busca de oportunidades laborales que le permitieran saldar la deuda de Luz.

Ya en la Ciudad de México, mi abuelo tuvo que hacer todo tipo de trabajos para subsistir, pero encontró su lugar en las panaderías. Inició con trabajos de limpieza; sin embargo, pronto se le asignó más y más responsabilidad y eventualmente fue encargado de proveer hasta treinta y seis de ellas. Su trabajo no se volvió más llevadero conforme su posición mejoraba; al contrario, tenía que despertarse todos los días a las dos de la mañana, trabajar hasta medio día, y continuar con su jornada de cuatro de la tarde a nueve de la noche. Así trabajó por más de cuarenta años, cuando compró unas panaderías para que su hermano Luz las administrara y, como era de esperarse, las llevó a la quiebra. Mi abuelo decidió removerlo de su cargo y sacarlas adelante para después venderlas y retirarse a los sesenta años. Después de eso, siguió trabajando de manera informal apoyando a mis padres en su negocio, hasta que, por una diferencia con mi papá, dio por terminado su rol.

Durante la primera parte de sus veinte, mi abuelo entró a trabajar a una panadería donde conoció a la familia de mi abuela. Mis abuelos, poco románticos o de memoria defectuosa, nunca han contado con detalle cómo se conocieron, cómo se volvieron novios, ni cuándo decidieron casarse. De igual manera, esos relatos no me han hecho falta para entender la convicción que tienen por el otro. Su amor es complejo, lleno de discusiones y diferencias, incontenible, sin palabras para definirlo, cambiante, evolucionando con cada día que pasa, y completamente incondicional. Conforme los cuerpos de los dos se deterioran por la edad, es su vínculo irremediable el que sostiene sus huesos descalcificados y sus músculos debilitados, y convierte palabras innecesarias en sonrisas de profunda comprensión.

Durante una gran parte de su adultez, mi abuelo fue alcohólico. No habla de esta etapa de su vida tan frecuentemente como de su éxito laboral o su proceso migratorio, pero cuando lo hace, es evidente el impacto que su adicción tuvo en su vida. En sus palabras, “por un tiempo me dio por tomar”; en las de mi mamá, “era horrible verlo dormido borracho en la sala”. Nunca me ha explicado a detalle la razón por la cual cayó en la adicción; para ser sincera, ignoro siquiera si él la sabe con claridad. Cuando decide recapitular sobre su alcoholismo, se muestra tremendamente arrepentido, arrepentido del dolor que causó a su familia, pero sobre todo, arrepentido de las cosas que no recuerda. Como escribió Guillermo Arriaga en su novela El Salvaje, “Si hay un infierno es ese: no recordar”. Mi abuelo no ha tenido una vida fácil; su trayectoria ha estado marcada por la desigualdad social, geográfica y económica a la que se enfrenta la mayoría en mi país. Pero me pregunto si ese fue el dolor que lo llevo al alcoholismo o si, mas bien, se trataba de algo distinto: como la soledad de un hombre que pasó su vida pagando deudas ajenas.

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